Cuando empiezas a cuidar llega el desconcierto de perder la vida social y que la familiar se complica
Desde Asturias, Encarnación nos comparte su experiencia como cuidadora no profesional y su cambio tras el paso por el programa Cuidadanas.
Cuéntanos, ¿Cuáles son tus aspiraciones o intereses? ¿Cuál es tu proyecto de vida?
Estoy jubilada, por lo que ahora hago muchas actividades que antes no podía hacer. La mayoría están relacionadas con el ejercicio físico, de manera que mi cabeza consigue despejarse de los problemas y desconectar. También voy a clases de dibujo y trabajo una huerta que tengo.
¿Cómo has conseguido compatibilizar ambos, cuidados e intereses? ¿Cuánto tiempo te llevó y a qué tuviste que hacer frente?
Por las mañanas la persona de la que cuido acude a un centro de día, por lo que yo puedo dedicarme a hacer estas tareas. Y por las tardes, alguna vez también acordamos ratos libres para mí. Por ello, intento hacer ejercicio físico, voy también a un taller de escritura y trabajo en mi huerto. Son actividades que me ayudan a desconectar de los problemas y a afrontar mejor el día a día.
El mayor obstáculo que encontré siempre fue no sentirme segura. Al no sentirte segura con lo que estás haciendo, dudas de todas las decisiones que tomas. Pero una vez que sabes lo que quieres, aprendes a poner límites y lo llevas adelante, es como mejor se lleva. Esto es lo que he aprendido con mi experiencia, a no cargarlo todo en la espalda.
¿Cuáles consideras tus logros más destacados?
Cuando empiezas a cuidar llega el desconcierto de perder la vida social y que la familiar se complica. Te sientes culpable porque dedicar tiempo a otras cosas en lugar de al cuidado. Las mujeres pensamos que no necesitamos una válvula de escape de esto. A través de las actividades en Cuidadanas de Fundación Mujeres aprendemos sobre ello y tenemos contacto con otras mujeres maravillosas que nos aportan mucho con su experiencia. En este sentido logramos saber que hay una sobrecarga pero que tenemos que seguir queriéndonos y abrazándonos, dándonos tiempo para nosotras.
Uno de mis mayores logros fue aprender a pedir ayuda. Lo primero fue pedir una hora para mí. Para dar un paseo, ir a la biblioteca o tomar un café con una amiga. Esa hora me suponía volver a casa con un aire distinto y no sentirme sola ante el cuidado. Es cierto que tuve la suerte de que entendieron muy bien mi demanda y la atendieron.
¿A qué retos te enfrentas ahora?
Compartir mi experiencia. Por ejemplo, a través de Cuidadanas, doy consejos en base a lo que sé a otras mujeres que están empezando ahora con los cuidados. Cómo vivirlo para que sea positivo. Si alguien está en una situación de mucho estrés o agobio personal, estamos en contacto. Ayudar a los otros me hace sentir bien también. En estos grupos, al final, llegamos a ser amigas. Es raro que no terminemos con risas. Es una bomba de ilusión y de motivación.
¿Qué consejos le darías a una mujer cuidadora en relación a su propio proyecto de vida?
Que se apoyen en los demás. Que busquen, por ejemplo, escuelas de salud, que las tenemos aquí en el Principado. También, que se apunten a una asociación relacionada con la enfermedad que tenga la persona dependiente. En las asociaciones de pacientes siempre hay un hueco para las cuidadoras. Y no dejar de abrazarnos. Abrazarnos a nosotras mismas y, cuando sea necesario, buscar el abrazo físico de los demás.
Un titular para terminar
Conoce el valor que tienes por lo que estás haciendo como cuidadora. Quiérete y abrázate con el alma.